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La Redacción

Un conejo en la luna

8 julio, 2019

Cuenta la leyenda que cuando en en el mundo no existía la noche ni el día, los dioses del universo se reunieron en consejo en Teotihuacán para crear el sol y la luna.

Después de largas deliberaciones decidieron que para crear al sol y la luna dos de ellos se debería inmolar en el fuego sagrado.

Tecuciztécatl, un dios de mucha riqueza y arrogancia, motivado por su egolatría dijo que él se sacrificaría ya que era el más digno para alumbrar al mundo.

Para la creación de la luna ningún dios se ofreció, entonces los dioses nombraron a Nanahuatzin.

Nanahuatzin era un dios pobre y sumamente humilde y por ese motivo no rechazó el pedido de los dioses.

Una vez elegidos se les pidió a ambos que deberían llevar a cabo una serie de penitencias para llegar puros al sacrificio.

También deberían presentar una ofrenda de acuerdo a sus posibilidades.

Tecuciztécatl ofrendó suntuosas plumas de quetzal, oro, joyas e incienso de copal.

Las ofrendas de Nanahuatzin eran muy pobres y humildes. Cañas frescas, madejas de heno y espinas de maguey mojadas con su sangre.

Llegado el día los dioses se reunieron en lo alto de la pirámide del sol, hicieron una gigantesca hoguera y  le pidieron a Tecuciztecatl que se arrojara al fuego, pero él no se atrevió; lo intentó 4 veces pero siempre  retrocedía.

Ante esta situación los dioses ordenaron  ¡lánzate tú, Nanahuatzin, por el bien del mundo! él cerro los ojos  y sin pensarlo se arrojó al fuego.

Los dioses sorprendidos por esta situación irregular; ya que no podía haber dos soles decidieron arrojar al rostro de Tecuciztecatl un conejo blanco.

Por eso cuando está la luna llena se puede ver la silueta de un conejo blanco.  

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