Soy millennial y renuncié a mi trabajo

Soy millennial y renuncié a mi trabajo
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Hola, soy Omar y nací en 1991, lo que automáticamente me convierte en uno más de la tan criticada “generación millennial”.

Después de escribir esa línea, me gusta imaginar que tú, amable lector, alzaste la voz para decir “hola, Omar”, al más puro estilo de un grupo de Alcohólicos Anónimos que le da la bienvenida a uno de los suyos.

Estoy aquí porque soy uno de esos millennials que decidió renunciar a su trabajo y me expuse a que muchas personas me calificaran de irresponsable, de falto de compromiso, de no valorar las oportunidades, entre otras tantas cosas que se dicen sobre nosotros, los que nacimos entre 1982 y 1994.

Seguro los prejuicios incrementarán cuando les diga que entré a ese trabajo el 3 de junio y decidí dejarlo el día 12 del mismo mes, del mismo año. Es decir, 9 días después de mi ingreso oficial, deserté la misión que alguien me confió.

“Ah, así son los millennials, tan poco profesionales”, pensarán algunos. Pero antes del linchamiento, permítanme exponerles mis razones para dejar el trabajo que pintaba para ser uno de los mejores de mi vida. Se los resumiré en muy pocas palabras: respeto a mi oficio y convicciones.

Explico: logré entrar a una gran empresa gracias a un tweet en el que manifestaba que me encontraba desempleado y tenía cuentas por pagar. Lo redacté de una forma un poco menos aburrida que este texto y, por cosas que aún desconozco, el mensaje se difundió más de lo que imaginaba.

Gracias a eso, una persona lo leyó y, por razones que también desconozco, decidió pedirme mi CV; sorprendido, accedí y fui citado a una entrevista a los pocos días. Asistí y quedé maravillado. En verdad se trataba de una empresa grande y en crecimiento, las personas –desde la seguridad hasta aquellos con lo que me topaba en los elevadores- no dudaban en ser amables y mostrar su mejor sonrisa.

La persona que me entrevistó, quien posteriormente se convirtió en mi jefe, de igual forma se mostró como alguien seguro, que sabía lo que necesitaba para su equipo y que me estaba depositando su confianza, aún sin conocerme, para una importante encomienda.

Salí y le hablé a mi mamá para contarle; “en verdad me quiero quedar aquí”, le dije. Estaba emocionado y ansioso porque las cosas se dieran de la forma correcta para poder iniciar a trabajar.

Después de otras entrevistas en las que confirmé que quería estar en esa empresa, al fin recibí la noticia: todo se había ajustado para aceptar mi ingreso. Acordamos un sueldo, un horario y funciones.

Aunque sabía que el salario no era similar al que tenía en mi anterior empleo, acepté porque aún las cuentas me salían, incluso considerando que tendría que gastar en algún servicio de transporte privado para llegar (el metro abre a las 5 am y yo tenía que estar en la oficina a las 4:45 hrs).

Después de algunos días, recibí la llamada de Recursos Humanos para que fuera a dejar papeles; después de otros tantos días, me citaron a un curso de inducción un viernes y oficialmente mi ingreso fue el lunes siguiente, aunque desde el domingo anterior fui un par de horas para recibir instrucciones y saber cómo operar desde muy temprano, cuando aún no habría nadie que me rescatara de algún imprevisto.

Mi jefe siguió igual e incluso mejor; nunca dudó de mis capacidades y en cada oportunidad me demostraba su confianza hacia mí y mi trabajo. Mis compañeros de oficina, aunque las primeras horas noté cierto escepticismo sobre las labores que desempeñaría, fueron amables, me recibieron como si me conocieran desde hace mucho tiempo, resolvieron todas mis dudas, no dudaron en expresarme sus sugerencias para mejorar y, en su momento, me dieron palabras que me motivaban a seguir adelante.

¿Entonces por qué renunciaste, querido millennial?, se estarán preguntando. La respuesta, como dije párrafos más arriba, es: por respeto a mi oficio y mis convicciones.

Yo sabía que me pagarían por honorarios, que no tendría prestaciones y si me enfermaba, si quería tener un patrimonio o si quería ahorrar para mi eventual retiro, tendría que solventarlo con el sueldo prometido y por mis propios medios. Acepté sin imaginar lo que ocurriría.

Desde que firmé mis “convenios de trabajo”, los cuales me insistieron que no eran contratos y que de ninguna manera hacían responsable a la empresa de nada que tuviera que ver con mi existencia, pregunté y pregunté y volví a preguntar sobre los datos para llenar mis facturas y la respuesta era “nos pondremos en contacto cuando lleguen los papeles necesarios”.

Imagen: INEAF

El momento llegó cinco días después de mi primer jornada laboral; me contactaron vía telefónica para decirme que debía llamarle a otra persona que me explicaría todo el asunto.

“Esto podría ser un mail, pero está bien”, pensé; llamé a la persona indicada y me citó para tener una reunión en persona. “En serio, esto podría ser un mail”, me repetía en la cabeza, más aún cuando la cita era cinco horas después de mi horario de salida. No me quejé y accedí  a seguir sus métodos.

Llegué a la cita y lo primero que me preguntaron fue “¿sí puedes facturar, verdad?”. Claro que sí, ya he facturado antes desde la página web del Servicio de Administración Tributaria (SAT). Después de responder, comenzaron los golpes que terminaron por noquear mi entusiasmo.

“Te vamos a descontar dos días de sueldo, porque entraste el día 3”, me dijo. “Oiga, pero es que el 1 y 2 fueron sábado y domingo, y aún así vine el viernes anterior y el domingo a su curso de inducción y a recibir instrucciones de mi jefe directo”, le dije un poco desconcertado.

“Sí, pero aquí tengo que tu ingreso fue el 3, entonces te descontamos dos días de trabajo”. Ok. Inhalé, exhalé y seguí escuchando. En menos de 30 segundos había perdido mil pesos que tenía contemplados en mi ya de por sí ajustado presupuesto.

Y la golpiza, similar a la que Andy Ruiz le puso a Anthony Joshua, continuó. A tu sueldo le vamos a agregar el IVA y le descontamos el 10 por ciento de ISR y otro 10 por ciento que equivalen dos tercios del IVA, tú tendrías que pagar el tercio restante, me dijo sin siquiera verme a la cara.

Treinta segundos de explicación que me costaron mil pesos más, y que me costarían cada mes lo mismo.

Guardé silencio. Estaba desconcertado porque de menos de cinco minutos, el sueldo que tenía contemplado -porque así lo había acordado con mi jefe directo y con Recursos Humanos- de pronto tenía un descuento que ajustaba aún más mis gastos.

Finalmente, me dijo: “nada más que ya no cobrarías esta quincena, pero te vamos a hacer el favor de esperarte hasta mañana a las 6 pm para que metas tu factura y poder pagarte a fin de mes”.

“¿Cómo que hasta fin de mes? Me dijeron que el pago sería quincenal”, reclamé más por inercia que por verdadera conciencia. “Sí, es que nuestro sistema cerró desde el día 3, entonces ya no puedes cobrar a tiempo la primera quincena, se te fue”, respondió.

“Ajá, pero es que yo pregunté desde el viernes sobre los datos para llenar mis facturas y me dijeron que esperara, así que no fue mi culpa”, reviré. “Tampoco es la nuestra, así es el sistema. Y si no mandas tu factura mañana antes de las 6, cobrarías hasta mediados de julio”. K.O.

Di las gracias y salí; estaba molesto, pero más confundido por todo lo que había pasado en esa oficina. Y aún así decidí cumplir.

Llegué a casa, llené la factura, la guardé en una USB y me dormí, pensando en cómo le haría para que lo que tenía en mi cuenta bancaria me aguantara hasta la fecha en la que al fin decidieran pagarme.

Al día siguiente esperé a la hora en la que me indicaron que llegaba la persona a quien debía entregar mi factura y fui a buscarla. Confieso que ya estaba más tranquilo y hasta me autonconvencí de que estaría bien recibir dos quincenas en una. Casi me emocionaba.

La personas en cuestión abrió mi factura, la observó y me dijo “está bien, nada más que le hace falta una palabra que necesita nuestro sistema para poderla aceptar”.

La palabra se llena manualmente en el campo “Unidad” del formato que ofrece en SAT; es un dato que no es necesario y que no pasa absolutamente nada si se llena o no. Está disponible para aquellos que sellan sus facturas con la e.firma.

Yo, debido a mi esquema fiscal, al tipo de facturas que emito y la forma en la que declaro impuestos, soy de esos 9 de cada 10 contribuyentes que no requieren de la e.firma y nunca había tenido problemas para facturar ni recibir mis pagos.

“No tengo e.firma, mis facturas las hago desde el portal del SAT y nunca he tenido problemas para emitirlas, ¿por qué aquí no me la reciben?”, le pregunté a la amable empleada de la empresa. “yo sé, sí está bien la factura, pero es que nuestro sistema no la va a aceptar así, es cosa del sistema, no mío. Pero ve, saca tu e.firma y me mandas la factura por mail, a ver si alcanza a entrar”.

Imagino que me puse de todos los colores y tonalidades de rojo que existen, pero no dije nada más. Le escribí a mi jefe directo y a la jefa del equipo con el que trabajaba para explicarles un poco de la situación. Ellos, como siempre, se portaron a la altura y no tuvieron inconveniente en que me saliera de la oficina para intentar arreglar el asunto.

Llegué a las oficinas del SAT implorando por un milagro; la persona que me atendió me dijo que era imposible tramitar la e.firma sin cita y que, aunque me “inventaran” esa cita, sería un proceso más tardado justo porque no me tenían contemplado.

Su amabilidad llegó a tal grado de escuchar los motivos de mi urgencia y asesorarme. “Es que tu factura está bien, no debería haber problema. No necesitas la e.firma para hacer una factura para poder recibir el pago de tus servicios”, me insistía.

“Pues sí, pero no me la aceptan”, dije resignado. “Bueno, pues te agendo cita para finales de mes, es lo más próximo que puedo. Insisto en que no necesitas la e.firma, pero no está de más que la tengas. Tu factura está bien y no deberían tener problema en aceptarla, en el SAT la aceptamos sin ningún problema, es un campo que no es obligatorio”, contestó como una forma de consolarme.

Llegué a casa de mis padres porque necesitaba sentirme tranquilo. Les expliqué la situación y mi padre me dijo palabras que me impulsaron a renunciar:

“En estos pocos días, tus jefes y compañeros han reconocido tu trabajo, la empresa no te está haciendo ningún favor, ellos son los que deberían buscar alternativas para cumplir con tu pago, no tú”.

Y, ¿saben qué? Tiene toda la razón. Hice cuentas y resultó que con los descuentos que no tenía contemplados –porque nunca me los mencionaron-, con el gasto de transporte privado diario y con el retraso en mis pagos, estaría prácticamente pagando por ir a trabajar.

Y renuncié.

No por poco responsable, no por poco profesional, no por sentirme incómodo en mi lugar de trabajo, no por sentirme poco reconocido, no por tener malos jefes, no por tener un ambiente laboral “tóxico”… No.

Renuncié porque amo y respeto lo que hago y mi trabajo no merece que sea yo o mis jefes directos los que hagan malabares para que la administración de una empresa pague por mis servicios.

No me estaban haciendo un favor en pagarme, era un dinero que me gané en jornadas por las que yo creía que ganaría más, hasta que esa misma administración me descontó 2 mil pesos solo porque “así es el sistema”.

Jornadas de trabajo en las que yo creía que vería mi esfuerzo compensado con un depósito puntual en la quincena, pero no sería así; me pagarían lo que ellos querían, el día que “su sistema” se los permitiera.

Así que sí, soy Omar y renuncié a mi trabajo antes de cumplir una quincena en él porque amo y respeto lo que hago, no por millennial.

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