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De la depresión y otros cuentos

De la depresión y otros cuentos

¿Algún día nos logramos sentir bien, del todo?- Le pregunté a Xo por la tarde.

-Tengo la esperanza de que así sea- Me respondió sin decir más.

Hace ya más de año y medio que empecé a sentir el caos sobre mí, la angustia, la melancolía, la ansiedad, la tristeza, la soledad, la nostalgia, el miedo y otros sentimientos más que se fueron agudizando sin que yo me diera cuenta del todo, como si poco a poco se metieran y te fueras acostumbrando a ellos sin percatarte de que cada día son más pesados y tienen más control sobre ti. Entonces ni por error pensaba que estuviera pasando por una depresión hasta que en algún momento decidí pedir ayuda y fui diagnosticada con tal enfermedad.

Muchas veces antes había jugado con ello, diciendo que cualquier tristeza no patológica era debido a una depresión, y vaya que uno no se da cuenta de la magnitud de sus palabras hasta que lo está viviendo.

Cuántas veces me escuché criticar a las personas por que no podían salir de “ella”, asegurando que “se trata de uno, de querer echarle ganas para salir de ese estado”, bah, ojalá bastará echarle ganas, ojalá eso fuera suficiente, pero la depresión es mucho peor de lo que nos han hecho creer. Se siente peor, se ve peor, se vive peor (o mejor dicho, no se vive en ese estado), hasta huele peor de lo que podríamos creer.

Es que la depresión es despertarte a las 3:00 de la mañana con dolor de estómago para darte cuenta que llevas días sin comer y que no hay nada en la cocina porque hace tiempo que no haces la despensa. Es no querer bañarte y no hacerlo un día, luego dos, luego cinco, qué más da si no se tiene fuerza para eso. Es también no quererte dormir por miedo a morir esa misma noche, no poder concentrarte en nada, dejar de sentirte bonita, especial, inteligente, suficiente para cualquier cosa. La depresión es querer tirarte en los brazos de alguien para que viva por ti porque tú no das más y a la vez no dejar que alguien se entere que la vives. Es desistir de ir a casa de los padres, de los hermanos, de los amigos. Es un día entender porque hay gente que se suicida y por primera vez leer “Al despertar” como si uno mismo lo hubiera escrito.

No sólo se trata de llorar, porque aunque de eso hay mucho, es quizá de lo menos que hay. Ojalá las lágrimas sirvieran para lavarse uno, la cara y de paso el alma. Pero ni eso. La ansiedad no se cura llorando, la nostalgia no se va escribiendo, se hace un hueco en el pecho, se acostumbra uno a despertar con dolor de estómago, a vivir con náuseas, a tener dolor del mundo y coraje y enojo y rencor incluso de quienes nos quieren.

Y a diferencia de César Vallejo, uno se descubre por primera vez muriendo allí, sin ganas siquiera de decir basta, buscando respuestas que no vendrán a preguntas que dejamos puestas en el techo y que se quedan todo el día, toda la semana, podrían incluso toda la vida.

Últimamente he visto muchos mensajes donde otras personas se hacen conscientes de la existencia de esta enfermedad, pero a mí lo que me preocupa es que nosotros mismos (los que la padecemos) no seamos capaces de darnos cuenta que estamos a medio vivir, sin dormir, sin comer, sin bañarse a causa de ello. Por eso la escribo y la describo, por eso ahora la cuento, porque después de tanto tiempo de estar así, de sentirse así, deberíamos ser capaces de reconocerla, de escucharla, de trabajar en ella todos los días, no como un simple “échale ganas”, sino como un poco a poco ir venciendo. Esperando que como en la tarde Xo me dijo, un día se vaya del todo, porque le ganamos.

A decir verdad cada vez son más los días buenos, la ansiedad casi se fue y hace dos meses que no despierto con dolor de estómago ni náuseas. La terapia me ha enseñado a diario hacer algo para no volver a los pensamientos negativos, demeritorios, a las acciones tóxicas. He vuelto a hacer la despensa y nuevamente me baño con ganas (casi siempre), y aunque suene absurdo, para mí ya es un triunfo volver a disfrutar de salir con los amigos, preparar la cena, ver una película o ir a la biblioteca para leer un libro. Y es que por primera vez después de tanto tiempo mis dedos vuelven a teclear, y sí, ya es un triunfo hacer este escrito mientras busco que si estás sintiéndola, un terremoto te mueva y te lleve a pedir ayuda, a buscarla. Y si lo logró, para ti, para mí, te aseguro, ese primer paso también será un triunfo.

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