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Carolina

17 noviembre, 2019

Soy un metiche. Confieso que, siempre que estoy solo en algún lugar, tiendo a querer escuchar con morbosa atención las conversaciones de la gente que me rodea. Lo hago en parte porque estoy convencido de que entender mejor a todas las personas me ayuda a comunicarme mejor con ellas y, como me dedico a la publicidad, me parece también que mientras más las conozco más probable es que los anuncios que escribo conecten con ellas de manera relevante.

Pienso además que cualquier cosa que ocurre a tu alrededor, cualquier anécdota, cualquier conversación, puede detonar una idea o una historia que contar.

Pero más allá de toda esta explicación o “justificación” de por qué lo hago, supongo, y acepto, que en fondo debo ser un metiche profesional. Sí.

Escucho conversaciones ajenas en los cafés, en los restaurantes, en las salas de espera, en todos lados cuando estoy solo. Las conversaciones de la gente, por más profundas o banales que sean siempre están llenas de insights, siempre tienen algo de información que puede ser relevante y que se puede usar para algo. Si las historias me parecen interesantes, dramáticas o divertidas, las comparto.

La del día de ayer, fue un caso particular.

Estaba en un avión de Guadalajara hacia Cancún. A mi lado, una pareja en sus 30’s. Tapatíos. De esas parejas fresas, fresas. Dos chicos que iban a Cancún a pasar el puente, supongo, con otras 3 o 4 parejas que estaban sentadas más adelante. Ella muy linda. Arreglada impecable, delgada, look “casual chick”, bolsota de marca, maquillaje, sombrerote listo para no perder el estilo en la playa, en fin, el estereotipo de la “niña bien”. Él, galanazo Mirrey. Jeans, barba a medio crecer, playera polo negra con el cuello alzado, mocasín con hebilla Ferragamo sin calcetín, relojazo.

La conversación, al principio, era bastante normal. Ella miraba fotos de sus hijos en el teléfono mientras le hablaba sobre “lo divertida que había estado la comida en casa de su mamá” y él parecía no prestarle mucha atención ni estar muy interesado en el tema.

De pronto, sacó su celular, se puso a checar algo que debe haber sido un estado de cuenta de su tarjeta y empezó con las preguntas.

“¿Santa Carmela?” le preguntó, muy serio.

“Santa Carmela, es en Hermosillo mi amor”, le contestó ella.

“¿Y eso qué o qué?”

 “Te dije, es al que fui con mis amigas ahora que estuve de viaje…”

“¿Mil quinientos pesos?”, siguió él.

“Te dije que yo pagué la comida y ellas me dieron el efectivo mi amor”

“Pues yo nunca vi ese efectivo”

“Lo usé después para pagar el gas y la limpieza mi amor, te dije”.

“¿¿5 mil pesos en Cosco??”, fue la segunda pregunta.

“Compré las sábanas y las pijamas de los niños mi amor”, contestó entonces ella, que empezaba a ponerse nerviosa al grado que dejó de ver las fotos y se puso mirar la pantalla del estado de cuenta con él.

“¿¿¿5 mil pesos en sábanas y pijamas???”, su tono de voz se ponía más alto y más serio.

“Eso cuestan las sábanas, los niños necesitaban pijamas mi amor”

Me llamó la atención como mientras la voz de él iba subiendo de tono, la de ella bajaba, le hablaba muy dulcemente y terminaba cada frase con un “mi amor…”

“¿¿¿Y estos 1,700 en la boutique no sé qué, esto de qué chingados es???”

“Es el regalo de cumpleaños de Toño mi amor, me dijiste que lo comprara yo”

“Sí pero no te dije que te podías gastar 1,700 pesos en un puto regalo, ¿en qué estabas pensando?”

“En tu amigo, mi amor, en que para ti sería importante quedar bien con tu amigo”

“Pues eso lo decido yo, no tú”

Y aquí es donde la conversación empezó a ponerse todavía más incómoda.

“Esto no es en lo que quedamos Carolina. Estoy muy emputado y tú parece que no me entiendes. El dinero lo gano yoTú vives de mí y no puede ser que hagas estas pendejadas todo el tiempo. ¿Quién te ha dicho que puedes gastar así porque sí?, síguele y te quito la puta tarjetita vas a ver”

“¿Cómo que el dinero lo gano yo?, ¿¿qué carajo es eso de “tú vives de mí”??, ¿¿¿cómo que “te quito la puta tarjetita”???”, pensaba yo mientras escuchaba todas esas estupideces. Me daban unas ganas enormes de interrumpir al tipo y decirle lo equivocado que está y lo imbécil y retrasado emocional que es, pero pensé que sería peor o, no sé, simplemente no me atreví.

Silencio.

Él le dio la espalda y se volteó a mirar por la ventana. Ella se quedó callada, pasmada, viendo al frente, agachada, llevándose las manos a la cabeza. Esa linda mujer que entró al avión seguida de un tipo con cara de niño pendejo que debería agradecer a Dios todos los días por estar a su lado, caminando con actitud de comerse el mundo como si fuera una modelo, hiper arreglada aunque eran apenas las 6 de la mañana, parecía ahora un pajarito recién nacido y herido que había caído de un nido.

Frágil, descompuesta, tratando de aguantar las lágrimas. Estaba ahí sentada, en medio de nosotros dos, atrapada, sin saber qué hacer y evidentemente, sin saber qué decir. Y yo, incómodo, enojado, tampoco. En un momento me miró apenada, consciente de que yo estaba escuchando toda la conversación y suspiró y me sonrió levemente, como buscando algo de alivio y complicidad al hacerlo. Yo traté de hacer un gesto de comprensión que espero ella haya notado.

“¡Este asiento no se reclina Carolina!” dijo de pronto él, rompiendo de nuevo el silencio.

“Nos tocó detrás de la salida de emergencia mi amor (¿¿¿mi amor???) estos asientos no se reclinan”.

“Echtoch achentos no che reclinan, echtoch achentos no che reclinan”, le arremedó él fingiendo una voz como de niñita pendeja, mientras acomodaba su chamarra contra la ventana para volverse a recargar y dormir.

Desde mi asiento yo lo miraba serio y “retador”, tratando de hacerle notar mi evidente molestia. Fue lo más que me salió hacer. Literalmente, en ese momento no sabía qué más podía hacer. ¿Decirle algo?, ¿decirle algo a ella?…No pude hacer nada. Me quedé inmóvil.

“¿¿Y por qué chingados no pagas boletos en primera clase para entonces ir más cómodo y la dejas de chingar de una vez, pito chico, mal parido hijo de puta??” pensé. Encima el imbécil se había tomado el asiento de la ventana para ir más cómodo y la había dejado a ella en medio.

Lo pensé, sí. Pero no se lo dije. Me sentí inútil. Frustrado, incómodo y muy, muy enojado. Conmigo por no saber qué hacer, con ese estúpido neandertal que hizo que me avergonzara una vez más de mi género y también con ella, por soportar esa humillación que seguramente era solo una de muchas que debe tener que soportar todos los días de su vida.

Despegamos. Para terminar con la escena, el tipo se dio el lujo de llamar a la azafata tronando los dedos para preguntar (a las 6:15 de la mañana, sí) si podía traerle un whisky. Obviamente ella le respondió que no, que no había whisky y se durmió.

Carolina se quedó en silencio. Sacó de nuevo su celular y siguió viendo las fotos de sus hijos. Refugiándose en ellos, supongo, (un niño y dos niñas, por cierto) tal vez sin darse cuenta del daño que les debe estar haciendo crecer con un padre así.

No creo que Carolina lea nunca esta historia. Pero igual le ofrezco una disculpa por no haberme atrevido a hacer nada. Y otra, a nombre de todos los hombres, porque ninguna mujer, ningún ser humano, merece ser tratado así.

Y si por casualidad tú que me lees eres una Carolina que vive con un tipo así o al que le ves el potencial de ser así, detenlo. Enfréntalo. O vete, corre, escapa, haz lo que sea, pero no te dejes. Sé que es fácil decirlo, pero no te dejes. Sé que puedes pensar que sin él vas a estar peor pero en verdad, créeme, no es así.

Cree en ti misma, date fuerzas, sácalas de donde puedas, pide ayuda, pero no dejes jamás que nadie, ningún hombre, te quiera hacer sentir menos ni te falte al respeto de esa manera. No dejes que tus hijos lo vean. No dejes que piensen que “es normal”.

Y a ti, hombre, espero que esto te indigne tanto como me indignó a mí y te invito a que si alguna vez eres testigo de algo así, encuentres la inteligencia que yo no encontré y hagas algo. Yo no entiendo por qué no pude hacer nada. Me vinieron mil pensamientos a la cabeza, pero no hice nada.

Pensé que tal vez estaba exagerando y que no me debía meter en “un pleito de pareja”, pensé que tal vez ella se enojaría y me diría “usted no se meta”, pensé que el tipo podría ponerse todavía más agresivo, en fin, no sé qué carajo me pasó pero el hecho es que no supe cómo reaccionar. Si alguien que me lee ha estado en una situación similar o sabe qué se debe o no hacer, me encantaría que me lo diga.

 Ahora, que espero de corazón que no, pero si por desgracia eres parecido al imbécil del marido de Carolina, entiéndelo de una vez:

Ninguna mujer “vive de ti” ni “tú traes el dinero”.

Una pareja es eso: una pareja. Un equipo que se divide las tareas, de la manera que sea, para poder vivir y convivir juntos en armonía, en paz e, idealmente, con felicidad. Si los dos trabajan, bien. Si ella (no tú, ella) decide no hacerlo porque su foco o su felicidad están en administrar el hogar y cuidar de los niños, bien también, porque vaya que eso también es un trabajo que implica mucho esfuerzo.

Pero ésa es SU decisión, no tuya. El ingreso es de los dos y los dos viven con los dos, como equipo. Tu mujer no es tu esclava, es tu pareja y es una persona totalmente independiente de ti. No depende de ti ni puedes andar por la vida amenazándola, condicionándola ni cuestionando lo que hace o por qué lo hace, pedazo de animal.

No sé si porque no hice nada o por qué, pero esta vez no escribo todo esto por metiche, como lo hago tantas veces en twitter cuando escucho conversaciones ajenas. Lo escribo para sacármelo de encima y para tratar de ayudar pensando que tal vez alguien que lo lea cambie. Si por lo menos una “Carolina” se ve reflejada en esto y reacciona, me sentiré mejor. Y si por lo menos un (ojalá y muchos) hombre de los que actúan así también se da cuenta de lo mal que está, se avergüenza y cambia, mejor aun.

Termino de escribir de nuevo en un avión, llegando a Monterrey, esperando que Carolina esté disfrutando la playa en Cancún y reflexionando sobre lo maravillosa que podría ser su vida cuando se de cuenta de que no, no “vive de él”.

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