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Canal Álamo

Canal Álamo

Caminábamos por toda la orilla del canal Álamo, traíamos una pala yo y Alberto, de medio cuerpo todos enlodados[VJS1] , chillaban nuestras panzas de hambre, pues no habíamos comido en todo el día. Tomábamos un atajo por el canal de lodo, ese que pasa a un lado de la casa, y tropecé con varios sapos que en esos tiempos se daban como plaga. De pronto vi discutir a mi papá con el vecino y aceleramos el paso, pero Alberto se me adelantó y aventó a Tolentino al canal. Entonces gritó el viejo que la compuerta del agua quedaría todita cerrada para nosotros, los perros de la casa comenzaron a ladrar, luego más fuerte, y sentí una tensión por todo el cuerpo: no podíamos permitir que eso pasara, la cosecha necesitaba esa agua, y mi papá no haría nada, prefería no discutir a pelear lo suyo. Ramiro y yo éramos los más grandes de sus hijos y los más fuertes, el viejo metió la mano en medio de su pantalón, pero no alcanzó a sacar su pistola calibre 38: Alberto se había adelantado de nuevo con un palazo en la cabeza. Ya no dijo nada el viejo, entonces los perros dejaron de ladrar, solamente el murmullo de las chicharras se escuchaba.

―¡Fue en defensa propia! ―gritó Alberto. Mi papá le dijo:

―Cállate, que aquí no ha pasado nada, ya no tiene remedio ―decía eso cuando el cuerpo de Tolentino se hundía entre la grama como si lo devorara. Se pintó de rojo el agua.

Luego salió mi mamá, con la mirada fuerte, como cuando nos quiere decir algo, entonces nos metimos a la casa, arregló todo como siempre: le gritó a Manuela que su esposo se había caído del caballo al canal, y que la ayudara. No podré jamás olvidar el grito de angustia que echó la pobre Manuela. Desde ese día dejamos de jugar como niños, como si hubiéramos matado la infancia junto a ese cuerpo hundido en el agua. Y el pobre de Alberto desde entonces no podía dejar de ver espantos por todos lados, fantasmas. Dicen que hasta el mismísimo demonio hizo tratos con él, pero todo seguramente estaba en su imaginación.

Después de la muerte de Tolentino, mi vida cambió por completo, profundicé en mis pensamientos, me refugié en la soledad, por las noches soñaba pesadillas tan vividas que me despertaba sudando frío, al pasar los meses, las pesadillas aparecían cuando estaba despierto, decidí entonces refugiarme en la biblia, la leí con esmero, para tranquilizar mi alma angustiada, pero no se mitigaba el tormento, al contrario, me surgieron más dudas, comencé a escribir un diario de todo lo que pasaba, nadie entendía por que me la pasaba encerrado, solamente quería meterme en mi mundo, tenía que afrontar yo solo mis propios fantasmas internos y luchar con ellos para encontrar la paz, o algo distinto.

Alberto Zamudio estaba cada vez más confundido, estaba frente al espejo pero algo extraño le ocurría, pues se extrañaba al verse a sí mismo, como si no se reconociera

¿Qué es lo que me pasa?

Desde que tuve esa aparición, tengo la sensación de ser otra persona

Es muy extraño

Apenas decía éstas palabras cuando el espejo caía en pedazos, y frente a él, el horror, seres endemoniados salían de aquel espejo intentando apoderarse de aquel pobre hombre, entonces opuso resistencia, y se agarró a golpes con aquellos seres espantosos, gritando al mismo tiempo que luchaba.

Fuera de su habitación, se escuchaba todo el escándalo de esa lucha, hasta que tumbaron la puerta, entra Ramiro y su madre y lo encuentran golpeando como un loco el espejo, todo despedazado y él con sangre por las cortaduras provocadas por los vidrios, le suplicaban que reaccionara, y Alberto vuelve en sí, como si fuera una pesadilla absurda, ve a su hermano y a su madre, y sus manos cubiertas de sangre, avergonzado les dice que salgan, que lo dejen solo, y así solo piensa en lo que ha pasado y ve en él otro yo, y ve sus manos de nuevo y recuerda como con ellas empujó a Tolentino, y entiende que la culpa de esa muerte aunque accidentada lo persigue de tantas formas para atormentarlo.

Ya van varios días que miro una sombra pasar; Se movía algo por el canal de lejos, como entre arbustos, me acerqué, y se escuchaban relinchidos, mi corazón se me salía del pecho mientras más me acercaba.

Vi entonces que era el caballo panzón, que seguramente había olvidado Ramiro, estaba muy inquieto, pues tenía una cuerda enredada, fue entonces cuando me percaté que el animal había escapado y en efecto estaba atrapado entre las ramas.

Alberto echo una vista a la parcela, eran las dos de la tarde y el calor era insoportable, intentó subir a su caballo. El cual echó un reparo, lo aventó por un lado y lo dejó arrastrando de una pata. El hombre gritaba auxilio, pero nadie lo ayudaba porque estaba fuera del pueblo.

El caballo quedó atorado entre las yerbas del canal álamo, y Ramiro ensangrentado, mutilado y quebrado de toditos los huesos.

Gritaba auxilio, esperando ser salvado, gritaba fuerte, luego despacio, luego nada y todo quedo en silencio.

Alberto encuentra el caballo

Lo primero que hice fue tomar una cuerda; amarrar el caballo, y alejarlo de la maleza; estaba muy inquieto, como endemoniado; era un animal asimétrico con patas cortas y panza caída, apodado por el pueblo como el caballo panzón, echó un reparo y un relinchido, me asusté tanto, que aventé mi lámpara dos metros abajo del barranco, al ir por ella me estremecí de pronto; y entré en pánico: ¡Cálmate Alberto! . No puedo calmarme. ¡Cálmate Alberto!. Me calmo un poco. Piensa que hacer mejor. Pero no se me ocurre nada. Piensa mejor Alberto. Y de pronto vi un cuerpo todo ensangrentado y desfigurado.

Por sus vestiduras rotas reconocí a Ramiro, mi hermano, Pensé que estaba muerto. Ningún ser humano resistiría tal martirio. Deja de llorar Alberto Pero estaba inconsolable. Le rogué a dios. Luego recordé como de niño le daba la espalda cuando mi madre me pedía que orara con ella. Hasta en una ocasión creían que lloraba como un animal. Como si el diablo ya lo llevara dentro. Entonces le rogué al diablo que me ayudara. Y le grite: Ramiro!. No me escuchaba. Ramiro, Ramiro, Pero estaba inmóvil e inconsciente. Que hiba a hacer, tenia diecisiete años, era pequeño pero fuerte, así conceptos como la muerte, y las apariciones eran tan comunes que lejos de sentir temor, sentía curiosidad, y ganas de compartir algo que comúnmente no es tema de conversación, así con migo mismo pude crear un puente imaginario donde la realidad y lo sobrenatural se entrelazaban.

Encuentro fantasmal

Cruce el camino corto; ese que pasa por el canal álamo, el de siempre; el calor y la humedad se extendían sin fin como en el horizonte, con el, una sensación de terror me invadía en cada poro de mi piel, ese lugar algo tenia, algo sobrenatural lo cubría. Pronto paso de ser un lugar habitual de trabajo a un lugar espantoso, antes tenia que lidiar con tontas sombras, por ejemplo con los recuerdos, pobre de Ramiro, querido heemano, a quien alcance a llevar al hospital, hace diez años.

Seguí trabajando y sentí que una mirada profunda me observaba hasta penetrar mis pensamientos y mi tranquilidad. Me invadió el miedo y un escalofrío por todo el cuerpo, fue entonces, que pasó un conejo, por las luces del tractor quedó inmóvil delante de mi. reí de nervios por un momento.

Peor fue mi sorpresa pues ocurrió lo inimaginable: mire un hombre con pantalón levis y una camisa a cuadros, como una fotografía vieja. Entonces le grité: ¡buenas noches! ¿Ocupa algo sr? No me contestaba. ¡Buenas noches! Le grité mas fuerte pero no contestaba, estaba como ido, entonces aceleré para acercarme, y el también avanzaba hacia mí, con una velocidad anormal, más rápido que el tractor; y en efecto, miré sus piernas, pero no caminaba, estaba suspendido, como si flotara. Luego me detuve, di en reversa a toda velocidad, pero el aumentó su velocidad, de manera increíble, tanto que logré ver su rostro como borrado.

Me invadió el pánico: ¡cálmate Alberto! Los fantasmas están muertos, no puede hacerte nada. De pronto se sacudió el tractor como si un elefante lo golpeara.

Entonces los fantasmas si hacen daño? ¡Cálmate Alberto! No me calmaba. De hecho pensé que era el final, comencé a llorar, cálmate Alberto, seguí llorando pero esta vez como un animal, era real, no lo soñaba, me había convertido en algo peor que la aparición fantasmal.

Entonces me dije de nuevo: cálmate Alberto, pero ya estaba calmado. Como si mi horror propio hubiera devorado todos los miedos posibles, todo se calmo, y el hombre desapareció, baje del tractor, prendí mi lámpara de mano, pero definitivamente no había nada, como si todo me lo hubiera imaginado.

Crónica de un muerto.

Justino saco su rifle 22, lo cargo y aventó tres disparos sin suerte a un conejo que tenía todo lampareado, lamentó su mala fortuna, mientras sacó de su bolsa una cajetilla de cigarros lucky strike, y se fumó dos, respiró profundo mientras respiraba el humo, lamentaba muchas cosas, como el no haber sido un mejor padre, cumplir todas y cada una de las promesas hechas a sus dos hijos, se consolaba pensando que no había recetas para ser papa, pero igual se lamentaba, le brotaron recuerdos escondidos como si se hubieran escapado de un viejo cofre, del cual la llave encontró de manera inexplicable, recordó a su padre cuando cazaban juntos en el campo, y cómo le ayudaba un coyote que juntos habían domesticado, que se llamaba Ruster; cuando ellos disparaban el coyote muy certeramente encontraba la presa entre la maleza.

Fue entonces que por instinto afrenó la maquinaria, ya que pasó un caballo arrastrando un arado, a una velocidad endemoniada, de manera que levantó mucho polvo, tuvo que bajar de pronto, desabotonó su camisa a cuadros y sacudió a golpes el parabrisas delantero, al disiparse las nubes de tierra subió al tractor de nuevo; cuando de pronto al avanzar dos metros, vuelve a pasar el caballo, pero quedo conmocionado porque no era arado lo que arrastraba el animal, sino un hombre todo ensangrentado.

Viro muy bruscamente el volante hacia la izquierda para no chocar, y en efecto los libro, pero cayo en un terreno inestable de arena y arcilla; se hundió de frente el tractor como se hunde un barco en el mar.

Justino se golpeó muy fuerte en la cabeza con el parabrisas, y al quedar desmayado, fue imposible reaccionar ya que el tractor se hundió completamente en cuestión de segundos, entonces Justino tuvo un recuerdo, el ultimo de todos, en el su padre le ayudaba a ajustar la mira de aquel rifle que una vez le regalara, pasó un conejo, estaba quieto, como un regalo, disparó, pero esta vez al primer disparo lo mató, ruster lo ase con el hocico y se lo entrega en sus manos. Entonces se sintió aturdido por el disparo, y cerro los ojos; así Justino en una muerte abrupta, se desvaneció para siempre.


 [VJS1]Prueba mejor así: “… traíamos una pala. Tanto Alberto como yo veníamos todo enlodados. Además, nuestras panzas chillaban de hambre, pues no habíamos…”

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